Todavía recuerdo el Rallye Comunidad de Madrid de 2010. En aquella ocasión Alberto Monarri disputaba la prueba con un Subaru Impreza. Llegó a liderarla y a acariciar la victoria. Pero no hubo suerte. En el penúltimo tramo de la carrera (Atazar) un golpe, fruto del ritmo que tenía que llevar para marcar diferencias con Pedro Burgo, le hizo vivir uno de los abandonos más amargos de su carrera deportiva. Entonces las lágrimas eran de pena y rabia, y ya desde aquel día siempre he comentado con el piloto madrileño que el destino se la debía y que antes o después ésta iba a llegar.

Año 2016. A veces el destino es cabrón y pone a prueba tu fe inquebrantable. A falta de una sección para completar el Rallye de La Nucía las nubes color carbón y unas gotas de lluvia con el tamaño de uvas presagiaban un final de rallye animado. En cualquier caso en la cabeza de carrera las diferencias eran los suficientemente amplias entre participantes como para tener claro que el pescado estaba vendido… salvo error u omisión.

Precisamente de eso hablaba el propio Alberto: aunque parecía que la cosa estaba clara y todos iban a tratar de conservar la posición,  un despiste podía cambiar todo por completo. Y ocurrió. Cristian García, claro dominador de la carrera durante gran parte de la jornada, sufría un pinchazo, trompeaba, dejaba enganchada la parrilla de iluminación con un guardarrail y encima se quedaba sin marcha atrás. Monarri, que secundaba a su compañero de equipo, no desaprovechó la oportunidad.

Seis años después las lágrimas eran muy distintas. Por una puñetera vez el destino se aliaba con el de Majadahonda, quien incluso esta temporada ha estado rozando en alguna ocasión las opciones de victoria. Merecido.

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Mientras tanto, en la asistencia del equipo Suzuki mecánicos y responsables esperan a Adrián Díaz y Mario Tomé. El día ha sido duro en la Nucía, no han atinado con la elección de neumáticos pero han logrado llegar al parque cerrado final y confirmar (ya lo hacían antes de empezar la prueba) el título en el Trofeo de España de dos ruedas motrices. Al lucense se le encomendó ese cometido y no falló.

De repente el tipo de la faz imperturbable, así caigan chuzos de punta, tenía que hacer verdaderos esfuerzos para contener las lágrimas mientras besaba y abrazaba a todos los miembros del equipo. No aguantó más. Con la primera pregunta al respecto de su título de Campeón de España dejó de reprimir la emoción mientras se frotaba las lágrimas, agradecía a Suzuki lo que han hecho por él y recordaba a su compañera Andrea Lamas, todavía convaleciente del accidente sufrido en el Princesa de Asturias y con la que, insistía, ha trabajado muy duro para lograr este objetivo.

Quien conozca a Adrián sabe lo mucho que merece este resultado. Que nadie le ha regalado nada y que a la hora de esforzarse él es uno de los que más. Metódico como pocos, diríamos que incluso hasta el extremo, lo de Adrián es la clara muestra de que los éxitos no vienen regalados del cielo sino que son fruto de un esfuerzo continuado durante años. Y en este caso ya van unos cuantos desde que tuve la ocasión de charlar y entrevistarlo por primera vez en la cafetería de un centro comercial de su ciudad natal tras la victoria en una de las copas promocionales del Campeonato Gallego de Rallyes. Ya por entonces tenía claro su camino; no se ha apartado de él y hoy es uno de los pilotos con más proyección en el panorama nacional.

Las emociones están a flor de piel y eso quiere decir que la temporada va echando el cierre. Alicante también ha confirmado el título de Esteban Vallín en la R2, un valor seguro sea cual sea el coche en el que se monte; el del joven Jan Soláns en Gr.N o el de un debutante Javier Bouza en la Copa Dacia Sandero.

En días como hoy uno se siente reconfortado al ver como el esfuerzo tiene recompensa… aunque a veces haya que esperar años para conseguirla.

Lágrimas: cuando todo esfuerzo tiene su recompensa

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