Cuando vayas (al Dakar), me lo cuentas

| 27/12/2015
Dakar, África, 2006.

En términos racing, el equivalente a ese cuñado que te toca aguantar en estas fechas es el bocazas que cada año habla del Dakar como una prueba peligrosa, que daña parajes protegidos y que está hecha para que cuatro niñatos (estoooo… ¿Peterhansel? ¿Despres? ¿Roma? Un respeto, por favor) se diviertan en el desierto. Me gustaría saber cuántos de los que lo critican han estado allí. Porque desde un cómodo sillón, zampándose los últimos polvorones y proponiéndonos quemarlos en el gimnasio que acabamos de pagar, es muy sencillo «sentar cátedra». Pero la realidad -¡oh, sorpresa!- es distinta.

Hasta hace diez años, no habría entrado al trapo: que el chaval se desahogue y hable de fútbol después, que de eso sí entiende. Pero las navidades de 2005 fueron las últimas de convencionalismos, centros comerciales y quebraderos de cabeza para buscar regalos. Los 9.000 km recorridos desde Lisboa a Senegal cambiaron todos mis diciembres y eneros. Para siempre. Y para bien, aunque haya quien diga lo contrario. Vuelvo la vista a África sabiendo que la carrera por etapas más dura del mundo no volverá a su casa. Discuto con quien haga falta para defenderla. Me gustaría decirte que lo hago guardando las formas, con templanza y dignidad, pero no es cierto: me enciendo como la pólvora y saco a la palestra la frase favorita de mi madre: «cuando vayas, me lo cuentas». Prepárate, cuñadito, que empezamos.

Cualquier competición de motor es peligrosa. Los pilotos lo asumen y conviven con ese riesgo, que aceptan de forma consciente. Nadie les pone una pistola en la cabeza: todo el que se embarca en el Dakar lo hace cumpliendo un sueño. Saben que se juegan la vida; son muchos los que han sufrido accidentes graves y la muerte de compañeros. Pero siguen adelante. La pasión es más fuerte.

La organización pone todo de su parte para garantizar la seguridad tanto de los participantes como del público. Campañas de concienciación, normas que cumplir y miles de voluntarios velan por la protección de aficionados que lo único que quieren es disfrutar de su deporte favorito. En África, la prueba se vivía como una fiesta; los niños se acercaban para contarte que el día que la etapa pasaba por su poblado no había colegio y que les habían explicado que no debían acercarse a los coches. En Sudamérica se siguen pautas similares con el objetivo de que la carrera no sea noticia en boca de carroñeros.

Los responsables de la cita también cuidan los parajes que atraviesa el recorrido. No es la primera vez que el itinerario se desvía para evitar daños en yacimientos arqueológicos, por ejemplo. El Dakar, además, protege el medio ambiente, compensando las emisiones que los vehículos realizan a la atmósfera.

Más importante aún es la acción social. La carrera colabora con la asociación Un techo para mi país, a la que dona dinero y donde prestan su ayuda los pilotos más destacados durante la jornada de descanso, con el fin de aumentar la presencia de esta organización en los medios de comunicación. En África, la fundación Dakar Solidario llevaba material médico a los lugares más necesitados, pero se iba más allá: el 70% de la comida consumida por la caravana se compraba en la región que acogía el campamento, con el fin de generar comercio. El alquiler de una casa para dormir en Mauritania daba de comer a los propietarios de esa vivienda durante un año entero, hasta que la prueba volvía al continente olvidado.

Por eso, cada vez que escucho a alguien decir que África está mejor sin una cita que no aportaba nada a los territorios por los que pasaba, me entran ganas de mandarle directo a Knouakchott, la capital del país más abandonado del mundo, para que vea cómo los niños revuelven en la basura junto a las cabras. O a las zonas en las que se construyen casas que acogen a familias enteras en Argentina y Chile. El Dakar es vida, no muerte. Ojalá tengas la suerte de comprobarlo.

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