Ponte en situación. Finales de los años 60, algunos hippies, convulsión política y emigración masiva a las grandes capitales… cuando no a Francia, Alemania o Suiza en busca de trabajo y un futuro mejor para las siguientes generaciones. Por aquel entonces hablar de ordenadores para el común de los mortales era algo que ni entraba en su cabeza o, si lo hacía, era lo más parecido a las novelas de Isaac Asimov. La informática estaba en ciernes, por descontado para el uso cotidiano-empresarial, y casi limitada a centros de investigación, universidades o a la carrera espacial, con una capacidad de proceso de datos que hoy en día sería de chiste, además de superada ampliamente por cualquier smartphone de tercera línea. Pero era lo que había y a ella solo podían acceder las grandes empresas y corporaciones, como simple método para la contabilidad y gestión de nóminas. Algo así como una voluminosa calculadora en la que varios operarios introducían datos y ésta te devolvía resultados… sobre papel y no en una pantalla.

Ahora imagina que unos locos aventureros, dedicados a organizar rallyes, vieron en aquella máquina la panacea; una tabla de salvación… o un buen puntazo para dar caché a su prueba. Era el invento que les iba a sacar del sufrido y nunca valorado trabajo de sumar tiempos, aplicar penalizaciones y establecer una clasificación final sin por ello romperse la cabeza y hacer interminables sumas. Aquellos visionarios, con el ex presidente de la Escudería Rías Baixas a la cabeza, Enrique Fernández, decidieron ponerse en contacto con IBM -quién si no- para solicitar la posibilidad de contar con una de aquellas máquinas demoníacas. Y por demoníacas nos referimos, evidentemente, al  tamaño del artefacto. Claro, te puedes imaginar la cara de sorpresa de los responsables de la compañía líder en el sector, aunque pronto vieron también en esa propuesta una salida comercial con la que no contaban.

Obviamente, la historia no iba de saco un portátil de mi cadena de producción y te lo presto un par de días, ni mucho menos. Por aquel entonces se contaban con los dedos de una mano las empresas de Vigo que disponían de un ordenador del tamaño de un armario, y las opciones pasaban únicamente porque IBM pidiese permiso a alguna de ellas para que durante un fin de semana el computador de turno se destinase a otra función distinta que la de calcular retenciones, finiquitos y sumar horas extra. La solución llegó de la mano de Zeltia, conocida empresa del sector farmacéutico que en aquellos años contaba con uno de los modelos de la serie 360 de IBM; vamos, un chisme que era perfecto para la función que se requería y además con un operario en plantilla al que le gustaba aquello del automovilismo.

La introducción de datos se hacía, entre otros elementos, con tarjetas perforadas -en este punto seguro que alguno de vosotros ya está alucinando- y la máquina, salvo algún pequeño contratiempo humano, cumplió a la perfección con su cometido: horas (y tiras de cronómetro) después del rallye imprimió una preciosa clasificación final. La iniciativa de la Escudería Rías Baixas fue seguida con mucho interés por parte de la prensa deportiva portuguesa (por aquel entonces corrían muchos pilotos de aquel país en este rallye) y recelada por destacados pilotos de la época que no tenían muy claro eso de que un invento de cables y botones fuese a calcular de forma correcta las complejas combinaciones de tiempos, penalizaciones y demás historias que giran en torno a un rallye… curiosamente los mismos que luego en sus talleres ingeniaban y engendraban espectaculares vehículos de competición.

El Rallye Rías Baixas fue pionero en la introducción de la informática en los rallyes de nuestro país y así defienden ellos con orgullo este estatus. Años después no podemos vivir sin ella. Por cierto que, a día de hoy, la Escudería Rías Baixas sigue contando entre sus miembros con aquel operario de un ordenador que en la actualidad sería como tener el «Finis Terrae» (un juguetito perteneciente al centro de Supercomputación de Galicia) a tu entera disposición.

CardIBM360

 

 

Años 60… y un ordenador para calcular la clasificación final del Rallye Rías Baixas

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